27 diciembre, 2010

Cookies, cookies y más cookies

Una de las tradiciones familiares americanas por excelencia es la de hacer galletas por Navidad, que se comen a lo largo de las fiestas y se comparten también con vecinos y amigos. Cada familia tiene sus recetas favoritas, a menudo heredadas de madres y abuelas. La elaboración de las galletas se suele hacer en familia, involucrando a quienes normalmente no cocinan (los niños, por ejemplo). La semana pasada, la invitada en la cocina era yo. Os confieso que la experiencia de hacer galletas era nueva para mí, pero afortunadamente conté con dos guías estupendas, mi suegra Nancy y mi cuñada Emily, auténticas expertas en el tema. No sólo me enseñaron a hacerlas paso a paso, sino que soportaron con paciencia mi obsesión por fotografiar cada momento. La receta que os incluyo es cortesía suya, y desde aquí os invito a que la probéis y me digáis qué tal os han salido.

Como muestran las fotos, hay infinidad de variedades de galletas. Jugando con formas, colores y adornos distintos, se obtienen resultados muy vistosos y se puede pasar un buen rato improvisando diseños. Nosotras usamos moldes en forma de muñeco de nieve, árbol de Navidad, campanas, estrellas y flores, y el resultado fue un montón enorme de pastas con una pinta y un sabor estupendos. ¡Había galletas para dar y tomar!



 

 
Tal y como prometí la semana pasada, hoy comparto con vosotros la receta de unas galletas excepcionales. Las chocolate dipped butter cookies (o galletas de mantequilla bañadas en chocolate) son totalmente adictivas, y si las hacéis y las lleváis a alguna fiesta, seguro que triunfáis. Con las cantidades que aquí os doy salen unas seis docenas, así que si queréis hacer menor cantidad, podéis dividir a la mitad la cantidad de harina, mantequilla y almendras. Os aseguro que están buenísimas.


  
 Chocolate dipped butter cookies

 Ingredientes para las galletas

310 gr. de harina
225  gr. de mantequilla o margarina (dejar fuera de la nevera un rato para que se ablande)
150 gr. de azúcar
235 gr. de almendra muy picada
1 yema de huevo
1 cucharadita de esencia de vainilla
una pizca de sal 
 
Para el baño de chocolate
170 gr. de chocolate para derretir
confetti comestible o almendra picada, para decorar

Modo de elaboración
  
·Mezclar la harina con la sal y dejar aparte. En un bol grande, mezclar la mantequilla, el azúcar, la yema y la vainilla y batir muy bien, hasta que la mezcla tenga una consistencia cremosa pero ligera.

 · Añadir poco a poco la harina y la almendra picada, mezclándolo todo bien.

· Amasar la mezcla en forma de rollos o cilindros alargados, de unos 4 centímetro de diámetro.

· Envolver los rollos con film transparente tipo glad y meter en la nevera durante al menos 2 horas.

· Calentar el horno a 180 C.

· Engrasar una bandeja de horno. Con un cuchillo afilado, ir cortando rodajas de la masa de medio centímetro de grosor (o si os gustan más gruesas, de mayor grosor). Colocar las galletas en la bandeja del horno y hornear durante 8 o 10 minutos. 

 · Sacar del horno y dejar enfriar. 

· Mientras tanto, derretir el chocolate. Una vez listo, sumergir brevemente la mitad de cada galleta en el chocolate y dejar que se enfríe sobre papel de aluminio o papel de cera. 



· Añadir el confetti espolvoreándolo sobre la parte de la galleta que tiene el chocolate (el chocolate tiene que estar aún un poco caliente para que se adhiera bien). Si no tenéis confetti o azúcar de colores, podéis usar almendra picada.

· Dejar enfriar, y ya están listas para comer. ¡Buen provecho!


Como podéis ver, hicimos muchas clases de cookies distintas. Creo que me voy a reservar las demás recetas y con eso me aseguro que tendré algo dulce que ofreceros para las próximas Navidades. Espero que estéis disfrutando de las Fiestas. Como dicen en Louisiana, laissez les bon temps rouler!

18 diciembre, 2010

¿Has probado ya el schnecken?

Tanto esta semana como la que viene, quiero presentaros algunos de los dulces típicos que se comen a lo largo y ancho de Estados Unidos durante la época navideña. Como sabéis, este es un país de inmigrantes; de ahí que coexistan tantísimas tradiciones gastronómicas distintas, que varían en función del país de origen de la población de cada región. Esta diversidad culinaria ha sufrido mucho en décadas recientes, debido a la presión de las cadenas de restaurantes que están por todas partes y sirven la misma (mala) comida estén donde estén (una hamburguesa de McDonald´s hecha en Maine es idéntica a otra hecha en Texas o en Ohio). Restaurantes de este tipo cambian los hábitos alimenticios de la población, al tiempo que llevan a cabo un proceso de homogeneización que elimina las diferencias gastronómicas regionales. Lo más preocupante es que un proceso similar se empieza a ver en otros países aparte de los Estados Unidos. Pero la buena noticia es que muchas de estas tradiciones culinarias aún sobreviven -para deleite de gourmets como nosotros- y el schnecken es un gran ejemplo.

El schnecken de la pastelería Graeter´s, un negocio familiar desde 1870
¿Y qué es un schnecken? Si habláis alemán, sabréis que la palabra significa "caracol". Se trata de un dulce navideño que se come en lugares de Estados Unidos con herencia alemana (tengo entendido que se sigue comiendo hoy en día en Alemania). El nombre le viene porque la masa está enroscada en espiral, lo que le da forma de caracol (como podéis apreciar en las fotos). Cincinnati es una ciudad con una fuerte herencia alemana, por lo que al llegar la Navidad las pastelerías locales se llenan de schneckens y de otras delicias similares. Siguiendo el consejo de mi amigo Derek, fiel lector de este blog y experto en el tema, fui a la pastelería de mi barrio, Graeter´s, y compré uno. Como me habían invitado a un potluck navideño (una fiesta en casa de alguien a la que cada invitado lleva un plato preparado o un postre), pensé que sería una buena ocasión para probarlo. Tengo que deciros que el schnecken fue todo un éxito. A todos nos encantó, y al final de la noche apenas quedaban unas migas en el plato.


El sabor y textura de un schnecken son algo parecidos a los de un donut muy, pero que muy sabroso. Es dulce sin ser empalagoso. El schnecken contiene además pasas y canela (a veces lleva también nueces), lo que le da el toque navideño, y la verdad es que está para chuparse los dedos -literalmente-. La pastelería Graeter´s, que lleva desde 1870 abasteciendo de dulces, bombones, helado y pasteles a Cincinnati, es una de las más conocidas por elaborar este dulce. Es famosa sobre todo por sus helados, y elaboran todo de manera artesanal. Pero hay mucha gente que opina que el mejor schnecken era el de Virginia Bakery, una pastelería legendaria que cerró recientemente, tras casi 100 años de tradición. Al parecer, Virginia Bakery vendió la fórmula secreta de su schnecken a la pastelería Busken, que ahora elabora el que para muchos es el mejor schnecken de Cincinnati. Por supuesto, servidora tenía que probarlo antes de ponerse a escribir sobre ello, así que aquí tenéis el schnecken en cuestión.

El schneken de Busken Bakery, heredero de la fórmula tradicional de Virginia Bakery

Las comparaciones siempre son odiosas, pero lo cierto es que el schnecken de Busken es más consistente y mantecoso que el de Graeter´s, y parece hecho con más cuidado. El sabor y textura son muy similares, aunque tal vez el de Busken sea más dulce y meloso. La pastelería Busken hace todo tipo de bombones y dulces tradicionales con una pinta de lo más tentadora, como podéis ver. ¡Fue difícil salir de allí habiendo comprado sólo una cosa!



Si todavía no se os hace la boca agua, la semana que viene prometo hablaros de Christmas cookies, o sea, de las estupendas galletas navideñas que hacen por aquí. Si consigo arrancarle la receta de mis galletas favoritas a mi querida suegra, os la contaré en el blog sin que nadie se entere.  ¡Hasta el domingo que viene!

 

12 diciembre, 2010

El eggnog, el wassail y la resaca navideña

Foto: Eric Tepe
Lo diré claramente y sin tapujos: la Navidad me estresa. Me saca de quicio la musiquita machacona que nos tortura en los malls y en la radio, me agobian las decoraciones navideñas, el poner luces, mandar tarjetas, el comprar por comprar, y cada vez me cuesta más poner cara de alegría al recibir un nuevo par de calcetines de lunares. Cuando llega esta época tengo ganas de esconderme en una cueva y no salir hasta la Nochevieja, que es el único día del año que de verdad me hace ilusión. La idea de estrenar un año, con su carga de posibilidades nuevas, hace que me invada un ingenuo optimismo que suele durarme varias semanas.

Por otro lado, sospecho que no soy la única a quien la Navidad provoca cierta ansiedad, y apoyo esta observación en la cantidad de bebidas alcohólicas que se consumen estos días con el menor pretexto. No hay fiesta o celebración navideña que se precie en la que no nos sirvan algún tipo de bebida embriagadora. En los Estados Unidos esto es tan cierto como en cualquier otra parte, de ahí que en las fiestas de empresa o de amigos, vecinos, y sobre todo en las reuniones familiares, sea tradicional servir alguna de las siguientes bebidas típicas de la estación navideña:

El eggnog, una sabrosa bomba de calorías

El eggnog (o egg nog) es sin duda la bebida navideña más popular. De origen inglés, se elabora con leche y huevos (de ahí el nombre), y se le añade nata líquida, azúcar, canela, nuez moscada, vainilla y ron o algún tipo de licor. La versión sin alcohol se vende preparada en los supermercados, como podéis ver en la foto, aunque hay mucha gente que prefiere hacerlo en casa en lugar de comprarlo. Me imagino que el eggnog casero saldrá mucho más rico, además de que uno podrá ponerle su ron favorito y azucararlo a su gusto. Algunas de las recetas que he encontrado en internet aseguran que los huevos deben añadirse batidos y crudos, pero hay quien prefiere, por el temor lógico a una intoxicación, cocer el huevo, o incluso prescindir de dicho ingrediente por completo.

Si os apetece probar con una receta un poco más sofisticada y ligera  en grasas que la tradicional, os recomiendo que echéis un vistazo a este artículo en The New York Times, en el que varios barman revisan la receta original y dan alternativas para mejorarla. Otra receta que os recomiendo es la que da Alton Brown, una de las estrellas del Food Network, en la que el ron se sustituye por bourbon. Seguid este enlace para ver su versión personal de esta bebida.

Wassail, un remedio infalible contra el frío

Otra bebida heredada igualmente de los ingleses es el wassail. Se elabora con cider o zumo de manzana, al que se le añade zumo de naranja y piña, luego se adereza con canela en rama, clavo y nuez moscada, y se fortifica con un chorrito de brandy o de whisky, según el gusto de cada uno. Hay que dejar hervir la mezcla a fuego bajo durante unos 10 o 15 minutos, para que los sabores se mezclen bien.

Foto: http://en.wikipedia.org/wiki/Wassail
El wassail se bebe humeante, como un buen té aromático, y tiene un sabor muy dulce, por lo que resulta muy reconfortante en una fría noche invernal.  A mis amigos Isabel y Matthew les debo el que me pusieran sobre la pista de esta bebida. Haced click AQUÍ para ver la receta que ellos recomiendan. 

               Foto de Kate Hopkins (http://www.accidentalhedonist.com  / index.php?title=wassail)

Así que ya lo sabéis: si necesitáis entrar en calor esta Nochebuena o queréis sorprender a vuestros invitados, tenéis a vuestra disposición varias alternativas. Desde aquí os animo a que probéis con alguna de ellas. ¡Seguro que causáis sensación, pero cuidado con la resaca!

05 diciembre, 2010

De vinos por California

Si la semana pasada os contaba mis peripecias cenando en un yurt en las montañas nevadas de Utah, hoy os propongo un paseo por la costa Oeste de los Estados Unidos. La ruta de los vinos californiana es una opción estupenda si tenéis unos días para visitar esta región, y por supuesto, si os gusta el vino. El recorrido que yo hice fue por las regiones de Sonoma y Napa, que son las más conocidas por la calidad de sus caldos. Entre varios amigos, alquilamos una casa rodeada de viñedos y una furgoneta para desplazarnos, y pasamos unos días viajando por la zona y visitando diferentes bodegas.

nuestro alojamiento
La mejor manera de llegar hasta esta zona es volar a Oakland o San Francisco, y conducir desde allí. Os recomiendo pasar al menos un día visitando la ciudad de San Francisco, que es una de las ciudades más interesantes de los EEUU y tiene mucho que ver. Una vez en carretera, el paisaje de la región vinícola de California es bellísimo, con colinas redondeadas y valles verdes cubiertos de viñedos por todas partes. El tiempo en California suele ser además soleado y cálido, lo que hace muy agradable bajarse del coche y pasear por la campiña. Mi familia es originaria de La Rioja, y he pasado allí muchos veranos en mi infancia y adolescencia. El estar rodeada de viñedos me trajo muy buenos recuerdos y un pelín de nostalgia, y la verdad es que me hizo sentir como en casa.




vista de los viñedos desde la casa
La zona que comprende los valles de Sonoma y Napa es relativamente pequeña, pero en ella hay muchísimas bodegas que visitar, y algunas producen vinos de muy buena calidad que vale la pena catar. En algunas bodegas las degustaciones son gratuitas, y en otras se paga una pequeña cantidad. En general, los vinos blancos de esta región suelen ser afrutados y amielados, con aromas florales. Los de tipo chardonnay son un buen ejemplo, ya que al envejecerse en barricas de roble adquieren un sabor muy especial, podríamos decir que meloso. Si os gustan más los blancos secos, probad el sauvignon blanc, que tiene un punto más ácido. En cuanto a los tintos, los hay bastante apreciables, como por ejemplo el elaborado con la uva de tipo zinfandel. Este tipo de uva se da en los Estados Unidos pero no en Europa, sin que se sepa exactamente cómo ni cuándo llegó esta uva a América. El vino resultante, el zinfandel, se caracteriza por ser de un color púrpura intenso y tener buen cuerpo. Resulta aterciopelado en la boca y el sabor es complejo y rico en matices. Es uno de mis favoritos. También hay otros vinos que gozan de mucha popularidad, como el pinot noir o el merlot, ademas de otras muchas variantes elaboradas a partir de la combinación de varias clases de uva.
Comprando vino en las bodegas se consigue un precio mucho más barato que en cualquier tienda, así que no dejéis pasar la oportunidad si os gusta alguno de los que probáis. De las bodegas que visitamos, mis favoritas fueron las de Clos du Val, que está en un edificio precioso y cubierto de hiedra, la pequeña bodega familiar de Sbragia, y la de Joseph Phelps, con mucho encanto al estar construida de madera y contar con unas gigantescas barricas de roble en la sala donde hacen las degustaciones.

Bodegas Clos du Val

                                       
Bodegas Joseph Phelps
Nosotros combinamos la ruta de degustación con visitas a la Universidad de Berkeley y a la ciudad de San Francisco y otras localidades cercanas, y culminamos nuestro viaje el último día con una cena memorable en el Culinary Institute of America, más conocido como CIA (no confundir con la otra CIA). La CIA es una escuela de hostelería de altísimo nivel, donde se come de maravilla. La escuela ocupa un antiguo monasterio en Greystone, en el valle de Napa, que se alza imponente en lo alto de una colina. La CIA tiene sucursales por todo el país, y es algo que también os recomiendo si alguna vez tenéis la oportunidad. La zona del comedor incluye un espacio con cocinas, donde estudiantes y profesores de la escuela discuten técnicas de cocina y preparan los platos que luego os servirán. En nuestro caso, pudimos ver cómo preparaban un espectacular soufflé de chocolate que salió del horno justo a tiempo para el postre. Impresionante.

Culinary Institute of America en Napa

Otra de las excursiones que podéis hacer por la zona es la visita a un bosque de redwoods gigantes. En el Redwood National Park podréis pasear entre estos gigantes silenciosos, ante cuya longevidad y majestuosa delicadeza se siente uno totalmente maravillado. Un hecho poco conocido es que el nombre de California se debe a los descubridores españoles, que lo tomaron de una novela de caballerías muy famosa publicada en 1510, Las sergas de Esplandián. En esta obra, el nombre de California designaba un lugar mítico y paradisíaco, una isla habitada por mujeres amazonas, rebosante de oro y flanqueada por espectaculares acantilados rocosos. Lo cierto es que, con amazonas o sin ellas, la imagen de California como tierra de maravillas sigue vigente hoy en día en el imaginario colectivo. Así que, si os gustan la aventura y la buena mesa, venid a disfrutar de la belleza del paisaje y las delicias gastronómicas y enológicas de estas tierras.



02 diciembre, 2010

Se buscan seguidores más o menos fieles

Pues eso, que si os gusta el blog y lo leéis de vez en cuando, os invito a que os hagáis seguidores habituales. Es muy sencillo, sólo hay que hacer click donde dice ¨seguir¨, en el margen derecho de la página. A diferencia de otras muchas cosas buenas en la vida, esto es totalmente gratis, legal, y no engorda. Os invito también a que compartáis las entradas que os gusten con vuestros amigos. Al final de cada entrada aparecen varios iconos. Podéis enviar la entrada por email, Twitter o Facebook haciendo click en los iconos correspondientes. Me alegra poder decir que Eating in Spanglish ha recibido ya más de 1.000 visitas, y el número aumenta cada día. Desde aquí os doy mis sinceras gracias a todos los que me seguís. Prometo seguir esmerándome para contaros más aventuras de mis correrías por tierras americanas. ¡Gracias de todo corazón por leer Eating in Spanglish!

28 noviembre, 2010

Cena en un yurt, solo para aventureros

Big Cottonwood Canyon, a una media hora de Salt Lake City
Ahora que el invierno ha llegado oficialmente y la nieve ha hecho acto de presencia a ambos lados del Atlántico, os propongo una idea para los más aventureros y amantes del invierno. ¿Habéis cenado alguna vez en un yurt?

¿Y qué es un yurt? Un yurt es un tipo de construcción portátil, usada tradicionalmente por los nómadas de Mongolia. Es parecido en cierto modo a una tienda de lona, pero tiene forma redonda y una estructura relativamente sofisticada. Normalmente está construido con lona y madera, y se usa como refugio en lugares muy fríos de alta elevación. Aunque este tipo de construcción es originario de las estepas de Mongolia, se ha popularizado mucho como refugio de alta montaña en otras partes del mundo, y en los Estados Unidos se pueden encontrar en bastantes lugares. Muchos de ellos se pueden alquilar para pasar un fin de semana o varios días, y están muy solicitados por los amantes de la nieve y los deportes de invierno. Suelen estar situados en lugares remotos donde se puede disfrutar de la paz de la montaña, y tras una jornada esquiando o caminando con raquetas por la nieve, es toda una maravilla volver a la calidez del refugio y descansar. 

El sitio que hoy quiero recomendaros no se alquila, sino que se trata de una idea bastante original: el yurt de la estación de esquí de Solitude, cerca de Salt Lake City, Utah, es un restaurante de alta categoría que proporciona una experiencia única, además de dar de comer estupendamente. Para cenar en este yurt hay que reservar con mucha antelación, porque está solicitadísimo y tiene un aforo máximo de 22 personas por noche. Una vez hecha la reserva, hay que presentarse en la estación de esquí bien abrigados y listos para la aventura, y es que a este restaurante se llega tras un trayecto por la nieve de unos veinte minutos (si se va andando con raquetas), o bastante menos si se escoge ir sobre esquís (los esquís o raquetas los proporciona Solitude). No hay nada como hacer un poco de ejercicio para abrir el apetito, y como podéis ver aquí los clientes esquían encantados para ganarse la cena:



A pesar del frío, el paseo resulta bastante divertido y el paisaje nevado alrededor es precioso. Además, por el camino va uno haciendo amistad con los demás asistentes a la cena. Otra particularidad de este restaurante es que sólo tiene dos mesas (eso sí, de gran tamaño), con lo cual todo el mundo comparte mesa con gente que no conoce. Aunque al principio pueda resultar un poco extraño, os aseguro que para el final de la cena habréis hecho unas estupendas amistades, y la conversación será una parte más de la experiencia.


En este restaurante no admiten a menores de trece años, lo que probablemente sea una buena idea, al tratarse de un espacio pequeño y algo alejado de la civilización. Por eso, resulta un lugar muy romántico si queréis ir con vuestra pareja (y no os importa compartir mesa con otras veinte personas, claro). Cuando se llega al yurt, la primera impresión al entrar es lo agradable de la temperatura y lo acogedor del lugar. La forma redonda, la madera de las paredes y la luz que entra por la cúpula del techo crean un ambiente único y uno se siente inmediatamente relajado. Resulta increíble que una estructura que está literalmente enterrada en nieve (como se puede ver en la foto), pueda mantener el calor interior de semejante modo, pero es precisamente la nieve que lo rodea la que ayuda a aislarlo del frío exterior. Lo cierto es que dentro del yurt se puede estar perfectamente sin chaqueta, e incluso se pasa calor.


Para cuando uno llega y se va acomodando, el chef ya lleva un buen rato allí cocinando, y tiene la cena casi lista. La cena consiste en un menú prefijado que el cliente escoge al hacer la reserva. A nosotros nos sirvieron una ensalada y una sopa muy ricas como primeros platos, seguidos de un buen filete de ternera con verduras a la plancha (se ofrecía una opción vegetariana para quienes lo desearan), y un postre de chocolate que fue la guinda perfecta. Regamos la comida con un vinito tinto que nos devolvió el color a las mejillas, y la verdad es que hicimos muy buenas migas con nuestros compañeros de mesa. La comida era de primera calidad, y tanto el chef como los camareros se esmeraron mucho con el servicio y la presentación. En un espacio tan pequeño no hay secretos, y los clientes podíamos ver perfectamente lo que el cocinero estaba haciendo en todo momento. Aquí tenéis al chef trabajando:


Quizá lo único difícil sea la vuelta, porque después de la opípara cena da bastante pereza salir al frío y volver a caminar por la nieve. Además, el camino de regreso se hace con linternas, porque ya ha oscurecido. Pero por otro lado, una caminata a la luz de la luna puede resultar un broche precioso para una noche tan aventurera. Os recomiendo esta experiencia con mucho entusiasmo, de verdad que vale la pena. Mi único consejo es que vayais bien abrigados y no olvidéis el sentido del humor, sobre todo porque siempre hay quien decide empezar una pelea de bolas de nieve...

   (foto: http://www.thetinylife.com/it-only-yurts-when-i-laugh/)
                      

21 noviembre, 2010

Fuel, un drive-in para fanáticos de los coches


Continuando con el tema de la semana pasada, hoy os cuento mi aventura visitando un lugar muy peculiar aquí en Cincinnati. El sitio se llama Fuel, y es un pequeño quiosco que sirve café y algo para acompañarlo, como muffins (madalenas) y varios tipos de bizcochos. El nombre de este sitio responde al hecho de que anteriormente era una gasolinera, y además juega con el concepto de que el café es el fuel que uno necesita para ponerse en marcha. 

En realidad, Fuel no es un drive-thru, sino un drive-in. La diferencia es que en el primero se pasa sin aparcar, mientras que en el segundo sí se aparca el coche. En Fuel hacen un café estupendo, pero la razón por la que sin duda merece una visita es que todos los sábados por la mañana se reúne allí un buen grupo de aficionados a los coches, que traen sus vehículos (algunos realmente espectaculares) para presumir, admirar coches ajenos y hablar de  motores, piezas, años, modelos, etc. Si os gustan los coches de época, los deportivos o simplemente los modelos curiosos, os recomiendo que vayáis por allí un sábado. Si queréis saber más sobre este sitio, podéis visitar su página en Facebook
Como podéis imaginar, una visita a Fuel no puede hacerse llegando en cualquier vehículo; afortunadamente, nuestros queridos amigos Giles y Ligia nos invitaron a ir en su increíblemente precioso Ford Model A del año 1930. Aquí tenéis a Giles al volante de su automóvil:

 
Giles es un enamorado de los coches antiguos, y a menudo se le puede ver por Cincinnati conduciendo el suyo. La verdad es que es una auténtica gozada pasear por la ciudad en este vehículo, que a pesar de su avanzada edad está la mar de sano y sube las cuestas sin protestar. Pero lo mejor es la reacción de los otros conductores y viandantes cuando lo ven pasar. La mayoría de la gente nos saludaba, y Giles respondía tocando el claxon, que sonaba como un ganso en época de celo. ¡Toda una experiencia!

Aparte del Ford de Giles, en Fuel hemos podido admirar otras preciosidades, como podéis ver. Entre ellas, un Morgan Roadster (de color verde, en la foto), un Lotus nuevecito de color rojo que parecía sacado de una película de Batman (en la segunda foto), además de algunos Porsches, varios BMW de los años 60 y 70, y algún Mini último modelo. 









  

 


















La verdad es que hemos pasado un rato muy agradable tomando café, charlando con otros fanáticos de los automóviles y admirando la vista panorámica que tiene este lugar. Fuel está situado justo al borde del río Ohio y desde allí se divisa perfectamente el estado colindante, Kentucky. Una manera estupenda de comenzar el fin de semana!










14 noviembre, 2010

Drive-thru coffee, café sin bajarse del coche

Como sabéis, en Estados Unidos predomina la cultura del coche. Aquí se camina poco y se conduce mucho, y a la gente le gusta poder hacer desde el coche esos pequeños recados que nos quitan tanto tiempo: que si ir al banco, que si recoger la ropa de la tintorería, que si devolver la peli al video club... Lo de aparcar en doble fila para hacer gestiones rápidas no se suele hacer. En vez de eso, y como respuesta a las exigencias de la gente con mucha prisa y siempre sobre ruedas, surgieron los llamados drive-thrus. Los drive-thrus son básicamente ventanillas a las que se acerca uno con el coche para hacer el pedido que sea. El servicio en este tipo de establecimientos es, ante todo, rápido. Los más abundantes son los cajeros automáticos, desde los que podemos sacar o depositar dinero, o hacer cualquier otra gestión bancaria. Hay también drive-thru liquor stores o tiendas de bebidas alcohólicas (lo que no deja de ser una combinación inquietante). Estas suelen ser una especie de túneles, semejantes a los de un auto lavado, donde es posible adquirir todo lo necesario para irnos de fiesta. En Florida existen algunas iglesias en las que se puede oír misa desde el coche, como si estuviéramos en un autocine. También son muy comunes las farmacias y tintorerías que ofrecen estos servicios, y por supuesto, en Las Vegas y algunos otros sitios turísticos, podemos casarnos sin apearnos del coche. No tenemos más que pasar por una de estas capillas drive-thru (foto de http://greenthoughts.us/).

Todos los restaurantes de comida rápida ofrecen este servicio, y en algunos se forman auténticas colas a la hora del almuerzo y la cena. Pero mis drive thru favoritos son sin duda los quioscos de café. ¡Ah, qué gran invento! En ellos se puede comprar un café gourmet estupendo que le hacen a uno en un santiamén. En estos drive-thru suele haber enormes colas por la mañana, ya que la gente para de camino al trabajo para recoger su café e irse espabilando. Estos puestos suelen ser bastante sencillos, pareciéndose a nuestros quioscos de prensa. El interior es pequeño, pero el espacio se utiliza muy eficientemente. Por supuesto, lo principal es que el servicio sea rápido y el café de calidad (el factor tiempo es importante cuando se llega tarde al trabajo). Aquí os pongo un par de fotos de este tipo de establecimientos. El primero está en Salt Lake City, Utah, y era uno de mis favoritos cuando vivía allí. Hacen muy bien el expresso y el capuccino. Además, regalan con la bebida unos granos de café recubiertos de chocolate que están riquísimos.

Esta otra foto es de un café en un pueblo llamado Cortez, en Colorado. Di con él en un pequeño road trip que hice por el ¨salvaje Oeste¨. La peculiaridad de este sitio es que la cafetería está en una roulotte antigua. Este tipo de caravanas, fabricadas por la compañía Airstream, estuvieron muy de moda durante las décadas de los 50 y 60, pero hoy en día ya casi no se ven. Son unas auténticas reliquias para coleccionistas. Toda una preciosidad, al ser totalmente metalizadas.

Los dueños de esta caravana decidieron convertirla en cafetería, añadiéndole un pequeño jardín, donde uno puede sentarse a disfrutar del café y de la soleada mañana. La de la foto soy yo, encantada de haber encontrado esta joya.

Por último, os muestro otro más de estos quioscos, también muy peculiar, ya que tiene forma de cafetera, con lo que que no hay lugar a dudas de lo que vende. El "Hotspot Coffee" está en el estado de Washington, y aunque no he tenido la suerte de ir nunca, si alguna vez paso por allí, será parada obligada. Como ésta es la tierra de las oportunidades, si estáis pensando en poner un negocio, podéis contactar con la compañía que fabrica el quiosco y abrir una franquicia.

Como veis, los drive-thru son inmensamente populares y son también un elemento inseparable de la cultura norteamericana. Continuaré con este tema la semana que viene, porque aún hay más que contar. Mientras tanto, si alguien me lee desde algún otro punto de Estados Unidos y tiene un drive-thru curioso por allí cerca, me encantaría recibir vuestras fotos para añadirlas a esta entrada del blog. Estoy segura de que hay cosas estupendas por ahí. ¡Espero vuestras fotos!

Continuará...


07 noviembre, 2010

Un plato, mil variantes: el chili

Hace un par de semanas me invitaron a un chili cookoff (o sea, a un concurso de chili) en casa de unos amigos. Todos los asistentes llevaron su versión de este plato, que es todo un clásico de la cocina norteamericana. Desde aquí os confieso que como yo tenía ni idea de cómo hacer un buen chili, decidí no arriesgarme y opté por llevar un tocino de cielo. Pero volviendo al chili: en total, probamos once variantes distintas, todas muy ricas (en las fotos podéis ver algunas de ellas). Tras la degustación en la amplia cocina de mi amiga Angie, hubo votos y premio de un delantal al chili más votado (algo muy apropiado para la ocasión). Acompañamos la cena con cerveza bien fría, música y mucha conversación. Una vez más, la comida fue la excusa perfecta para reunirnos y pasar un buen rato. Nunca deja de asombrarme la capacidad de la comida para unir a la gente y facilitar las relaciones humanas.

El chili es un guiso del que realmente existen infinidad de versiones distintas. Es plato de cuchara, muy cercano a nuestros potajes, pucheros y cocidos. De hecho, al ponerme a buscar información sobre el origen de este plato, me encontré con una entrada en Wikipedia que afirma que el chili fue inventado por las familias procedentes de las Islas Canarias que fundaron la ciudad de San Antonio (Texas) en el siglo XVIII. Si esto es cierto, habría que señalar entonces como antecedente de este plato al puchero canario. Otras páginas relatan una historia semejante, aunque no parece haber documentación específica para apoyar esta afirmación. Lo que sí parece probado es que el plato se originó en el estado de Texas (que fue territorio español desde 1690 hasta 1821), y que de allí se extendió al resto del país. La verdad es que no dejaría de ser curioso que uno de los platos norteamericanos más tradicionales resultara ser de procedencia española.

Los ingredientes básicos de un buen chili son: carne de ternera picada, verduras y legumbres, pero existen infinitas variantes según las verduras, especias y el tipo de carne que se usen. Entre los que probé en el concurso que os menciono, los había con garbanzos o habichuelas negras o pintas, con carne de pavo en lugar de ternera, y con más o menos pimienta cayenne. El chili tiene a menudo un toque picante, especialmente si lo probáis en Texas. Suele llevar tomates, pero también puede contener zanahorias, cebollas, maíz, pimientos... En ocasiones se adereza con canela, dándole un sabor más cercano a lo dulce. En definitiva, las distintas versiones tienen cada una su personalidad definida, pero todas son reconocibles como el mismo plato, con un sabor común que los une. Por eso, a lo largo y ancho de Estados Unidos se pueden apreciar marcadas diferencias regionales en el modo de preparar este guiso. En Texas se le llama ¨chili con carne¨(así, en español) y la influencia de la cocina tex-mex se advierte en que se le pone guindilla, pudiendo ser bastante picante. En Ohio, el chili no es picante y suele llevar canela e incluso melaza. Se sirve por encima de un plato de spaghetti o se usa para aderezar perritos calientes.

En Cincinnati, el chili es considerado una de las especialidades típicas, y por ello hay numerosos restaurantes que lo elaboran. Uno de mis favoritos es Skyline (en la foto); lo tengo al ladito de casa y voy de vez en cuando. Skyline abre hasta altas horas de la madrugada, y los fines de semana alimenta a una multitud de trasnochadores que salen de los bares hambrientos y pasan por allí cuando van de retirada. Lo cierto es que una visita a esta ciudad no está completa si no se prueba el chili local, así que si venís por aquí, ya sabéis lo que no debéis perderos.